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Blog de la casa

Qué hacer con el recetario de alguien que ya no está

Queda su letra en un cuaderno y nadie sabe qué hacer con él. Guía para ordenarlo, repartirlo en la familia y volver a cocinar de ahí.

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El cajón donde nadie quiere meter la mano

Cuando muere la persona que cocinaba en una familia, su recetario se vuelve dos cosas al mismo tiempo: un objeto muy querido y un objeto que duele abrir. Casi siempre gana lo segundo. El cuaderno pasa a un cajón, alguien dice que un día hay que hacer algo con eso, y ahí se queda diez años.

No hay prisa y no hay una manera correcta. Pero sí hay algunas cosas que conviene saber, porque son las que las familias descubren tarde.

Esta guía está escrita para ese momento.

Antes que nada: guarda el objeto, no solo la información

Va a llegar el día en que quieras pasar esas recetas a limpio. Cuando llegue, no tires ni deshagas el original.

El cuaderno vale por lo que dice, pero también por cómo lo dice. La letra que cambia con los años. Las manchas. La página que se abre sola porque esa receta se hizo mil veces. Las cuentas del mandado anotadas en el margen. Un teléfono de alguien que ya nadie recuerda quién era.

Fotografía todo antes de tocar nada, y guarda el cuaderno tal como está. Si la familia es grande y todos lo quieren, la copia digital resuelve el pleito: el original se queda con quien haga más sentido, y todos tienen lo mismo.

No empieces por la receta más importante

Parece lo natural y casi siempre sale mal. La receta que más significa es también la que más cuesta leer sin quebrarse.

Empieza por una cualquiera. Una salsa, un arroz, algo de diario. La idea es agarrar el ritmo del trabajo antes de llegar a la que pesa. Cuando llegues a esa, ya vas a tener práctica y va a doler menos.

Y si un día no puedes, no puedes. El cuaderno lleva ahí años; puede esperar otra semana.

Lo que ya no vas a poder preguntar

Aquí está la parte difícil de aceptar: hay información que se fue con la persona y no va a volver.

Va a haber recetas a medias. Ingredientes sin cantidad. Un paso que no tiene sentido. Una palabra que nadie descifra. Y la pregunta obvia, "¿cómo sabía que ya estaba?", ya no tiene a quién hacérsela.

Tres cosas ayudan:

Pregúntale a los demás, no al cuaderno. Los hermanos, los primos, la vecina, quien haya estado en esa cocina. Cada quien recuerda un pedazo distinto. Alguien se va a acordar de que siempre le ponía una hoja de laurel aunque no esté escrito.

Cocínala mal la primera vez. En serio. Cocinar una receta incompleta y ver qué sale es la mejor manera de entender qué le falta. Después la anotas con lo que aprendiste.

Acepta escribir tu propia versión. Si nunca te va a salir igual, que salga tuya. Anota abajo: "Así la hacía ella. Así me sale a mí." Las dos cosas son ciertas y las dos merecen quedar escritas.

Repártelo, no lo guardes

El instinto es proteger el recetario. Guardarlo bien, que no se maltrate, que no se pierda. Es exactamente lo contrario de lo que conviene.

Un recetario que solo tiene una persona está a una mudanza, un incendio o un teléfono roto de desaparecer para siempre. Un recetario que tienen ocho personas en tres ciudades ya no se pierde nunca.

Mándalo a la familia aunque nadie lo haya pedido. A los que cocinan y a los que no. A los sobrinos que ahorita no tienen interés, porque en quince años sí lo van a tener y para entonces tú quizá no estés para mandárselos.

Y si hay alguien en la familia que vive en otro país y ya no habla bien el idioma, mándaselo igual. Muchas veces esa es la única cosa de la casa que todavía entiende completa.

Vuelve a cocinar de ahí

El recetario no se rescata para archivarlo. Se rescata para volver a usarlo.

Escoge una fecha. El cumpleaños de esa persona, o el día que se juntaba la familia, o simplemente un domingo. Cocina una de sus recetas y avisa a los demás que la vas a hacer. Que cada quien haga la suya donde esté.

Vas a descubrir dos cosas. La primera, que no sale igual, y que está bien. La segunda, que mientras cocinas te acuerdas de cosas que llevabas años sin recordar. La cocina tiene esa capacidad y muy pocas cosas más la tienen.

Una receta al mes

Si el cuaderno completo se siente imposible, hazlo así: una receta al mes. Doce al año. En tres años el recetario está completo, repartido en la familia y, sobre todo, cocinado.

Nadie va a hacer esto por ti, y en la mayoría de las familias nadie lo hace. Por eso los recetarios se pierden: no por descuido, sino porque siempre parece que hay tiempo.

Empieza por una. Hoy.

En Cook Book 4all puedes fotografiar la página del cuaderno y el sitio arma la receta para que tú la corrijas, con tus notas al lado. Y puedes compartir el recetario completo con toda tu familia, gratis, para que deje de existir en un solo lugar.