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Blog de la casa

Cómo rescatar el recetario de tu abuela antes de que se borre

Guía práctica para salvar un cuaderno de recetas escrito a mano: qué fotografiar, qué preguntar a tiempo y cómo ordenarlo sin perder su voz.

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El cuaderno tiene fecha de caducidad y casi nadie lo sabe

En casi todas las casas hay uno. Una libreta de pasta dura con manchas de aceite, una caja de zapatos con tarjetas, hojas sueltas dentro de un libro de cocina que nadie abre. Ahí está la comida de una familia entera.

Y ahí se está muriendo.

La tinta de bolígrafo azul se desvanece en unos treinta años. El papel de cuaderno escolar se vuelve quebradizo. La grasa que hace entrañable una página también se la come. Y sobre todo: cuando la persona que lo escribió ya no está, nadie recuerda qué quería decir con "el punto de siempre".

Esta guía es para que eso no pase en tu casa. No necesitas nada más que un teléfono y una tarde.

Primero: fotografía todo, ordena después

El error más común es querer empezar por lo bonito. Se abre el cuaderno, se escoge la receta favorita, se transcribe con cuidado, y a la tercera receta se acabó la paciencia. El cuaderno vuelve al cajón y ahí se queda otros cinco años.

Hazlo al revés. Fotografía primero, entiende después.

Siéntate con el cuaderno junto a una ventana, sin lámpara encima, y dispara página por página sin leerlas. Todas. Las que no se entienden, las tachadas, las que están a medias, las que parecen repetidas. Una tarde de fotos te salva el cuaderno completo aunque después tardes un año en ordenarlo.

Unos detalles que hacen la diferencia:

  • Luz de ventana, nunca flash. El flash rebota en el papel brillante y borra justamente lo escrito a lápiz.
  • La cámara paralela a la página. Si la inclinas, las letras del borde se deforman y son las primeras que se pierden.
  • Una foto por página, aunque la receta siga en la de al lado. Es más fácil juntar dos fotos después que separar una.
  • No enderezes ni recortes. El margen del cuaderno también es información: ahí suelen estar las anotaciones.

Si tienes tarjetas sueltas, ponlas sobre una mesa de color liso y fotografía de cinco en cinco. Y si hay recortes de periódico pegados, fotografíalos aunque estén amarillos: muchas veces esa receta impresa es la base que la abuela después modificó a mano en el margen, y las dos juntas cuentan la historia completa.

Segundo: lo que no está escrito vale más que lo escrito

Aquí está la parte que casi nadie hace y es la que de verdad importa.

Un recetario familiar nunca está completo. Quien lo escribió sabía cosas que no anotó porque le parecían obvias. Y esas cosas son justo las que hacen que la comida sepa a esa casa.

Si la persona todavía está, siéntate con ella y el cuaderno abierto. Graba la conversación con el teléfono. Y pregunta cosas concretas:

  • ¿Cómo sabes que ya está? No el tiempo: la señal. El olor, el color, el sonido del aceite, cuando se despega de la olla.
  • ¿En qué olla lo hacías? Muchas recetas viejas están calculadas para un cazo de peltre o una olla de barro, y en una olla moderna se queman.
  • ¿Esta receta de dónde salió? ¿Era de tu mamá, de una vecina, de una revista?
  • ¿Cuándo se hacía? Hay recetas que solo existían en Navidad, en cuaresma o cuando venía alguien de visita. Esa información se pierde en una generación.
  • ¿Qué le cambiaste? Casi siempre hay algo. Y casi siempre es lo mejor de la receta.

Anota las respuestas junto a la receta, no en otro lado. Una receta con la nota "el punto es cuando huele a nuez tostada" vale diez veces más que la misma receta con "cocinar 20 minutos".

Tercero: transcribe respetando la voz

Cuando pases el cuaderno a limpio, vas a sentir la tentación de arreglarlo. De poner las cantidades en gramos, de ordenar los pasos, de quitar las repeticiones. Resístela un poco.

Un recetario de familia no es un libro de cocina profesional. Su valor está justamente en que suena a una persona. Si el cuaderno dice "se le echa tantita agua, la que agarre", eso se queda. Puedes añadir abajo tu propia nota diciendo que a ti te salieron dos tazas, pero la frase original no se toca.

Lo que sí conviene ordenar:

  • Separa los ingredientes de los pasos si venían todos revueltos en un párrafo. Eso ayuda a cocinar y no le quita nada.
  • Numera los pasos en el orden en que de verdad se hacen.
  • Anota para cuántas personas es. Casi ningún cuaderno lo dice, y es lo primero que se necesita.
  • Ponle el nombre de quien la escribió. No "Torta azteca", sino "La torta azteca de mi mamá". Dentro de treinta años esa diferencia va a importar.

Cuarto: que exista en más de un lugar

Un cuaderno rescatado que vive en un solo teléfono no está rescatado. Está en la misma situación de antes, nada más que en digital.

Guarda las fotos originales en algún lado que no dependa de un aparato. Comparte el recetario ya ordenado con al menos otra persona de la familia, de preferencia de otra generación y de otra ciudad. Y guarda una copia que se pueda leer sin internet.

Esa es la diferencia entre una copia y un respaldo: un respaldo es el que sigue existiendo cuando lo demás falla.

Empieza por una

Si todo esto suena a proyecto de meses, empieza más chico: escoge una sola receta, la que primero se te venga a la mente cuando piensas en esa persona. Fotografíala, pregunta lo que falte, escríbela completa y compártela con alguien de tu familia hoy mismo.

Una receta rescatada es infinitamente más que un cuaderno guardado con buenas intenciones.

En Cook Book 4all puedes fotografiar la página de tu cuaderno y el sitio te arma la receta para que tú la corrijas. Todo lo que guardas nace privado: nadie lo ve hasta que tú decides compartirlo.